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UNA CIUDAD DE 20 MILLONES

Seguimos en Mumbai. Esta noche cogemos el tren a Goa, en busca de un sur más tranquilo porque esta ciudad es interminable (fuera de los barrios "cools" que son los que visitamos ayer) y, además, ya no llueve. Nos estamos derritiendo bajo un cielo plomizo, aunque ellos insisten que el tiempo es buenísimo (ahora es invierno). Esta mañana hemos ido al mercado de Crawford, que según parece es el de las especies y los frutos secos. Al salir de ahí, nos hemos sumergido sin rumbo en sus alrededores, sin tener ni idea de hacia dónde íbamos, lo cual en una ciudad de 20 millones de habitantes ya tiene mérito. Pero es que es verdad que la India es un país seguro. Nos miran mucho, eso sí, sobre todo a mis tetas, que les llaman mucho la atención (las indias son muy canijas aunque hay excepciones macizas), pero nadie nos molesta. 

La verdad es que todos los tópicos que me habían contado sobre la India se han caído. Al menos Mumbai no es así. Sólo se me ocurre como explicación posible que los que hablaban de este país no han viajado mucho a otros lugares "difíciles" porque lo que aquí ocurre no se diferencia mucho de lo que ocurre en otros lugares de Latinoamérica o África en los que hemos estado, por ejemplo, en los cuales, si cabe, todo era mucho más caótico o peligroso o miserable. Me viene a la memoria esas estaciones de "autobuses" de Mozambique, esos barrios de favelas de Salvador de Bahía, esa Guatemala violentísima... India es un país tranquilo al lado de ellos, aunque tocan mucho más el pito, eso es verdad. 

Ese deambular sin rumbo al salir del mercado de Crawford nos ha llevado a un sitio mucho más interesante, un barrio en el que se encuentra, según nos han contado, el templo que da nombre a Mumbai, Mumba Devi, un sitio increíble al que, como turistas incamuflables, no nos han dejado acercarnos ni hacer fotos (Mateo ni se ha inmutado, ya os lo podéis imaginar, ha puesto cara mezcla de no entender y pedir perdón y ha seguido a lo suyo). Hoy es domingo, día especial de ofrendas, y la cola para entrar al templo, previo control policial y detector de metales, daba la vuelta a la manzana. Todo el mundo aguardaba su cola pacientemente (otro tópico desmontado sobre la India, ese que dice que no saben hacer cola, que son unos tramposos impacientes y se te cuelan), con sus mejores galas, ellas guapísimas, y sus cestos de ofrendas en las manos, llenos de flores, cereales, dulces y unos cestillos pequeños con germinados verdes preciosos. Alrededor del templo todo eran puestos callejeros en los que vendían estas cosas y muchas más, un espectáculo maravilloso al que era difícil resistirse. Todo era color y flores. Mis compras del día han sido: un par de horquillas de flores, al más puro estilo bollywoodiense, para recogerme el pelo, que no para de sudarme; un esmalte de uñas verde metalizado, a juego; un quitaesmalte y un paquete de incienso natural, todo por 40 rupias (50 céntimos). Y me han regalado una flor que huele como ninguna que yo conozca, un elixir para camuflar los no tan buenos olores que de vez en cuando emergen de algunas calles.

El Mumbai que más nos gusta
Ayer, después de deambular por Kala Ghoda, el distrito artísitico donde se concentran museos y galerías, y alucinar viendo los murciélagos gigantes que sobrevolaban los góticos edificios, volvimos a nuestro querido Colaba, a visitar un par de tiendas de diseño que nos volvieron locos: el Design Temple, montado por una chica que se formó aquí en la Escuela de Arte y en la que vende objetos diseñados por ella (vajillas, muebles, velas...) que mezclan la tradición india con el diseño más contemporáneo (para traérselo todo), y el Art Design and Book Store, una librería de foto y diseño encantadora, donde nada más entrar te obsequian con una botella de agua y unos caramelos para que recuperes fuerzas. Allí conocimos a Pavan. En realidad, lo habíamos visto en el Design Temple y cuando volvimos a coincidir en la librería fue inevitable la conversación. "No os estoy siguiendo, I promise", nos dijo entre risas. Nos contó que vivía en Mumbai aunque había estado muchos años trabajando en San Diego (EEUU) como experto en tecnologías, por eso hablaba un poco de español. Había vuelto a su país en busca de una nueva vida, quería dedicarse al diseño de muebles y estaba cargándose las baterías. Se sorprendió mucho que hubiéramos encontrado solos estas tiendas que, por lo que se ve, son el templo de "lo más de lo más", dos tesoros escondidos sólo para iniciados. Cuando le dijimos que las habíamos encontrado por azar, sólo paseando, alucinó. Nos recomendó cenar en Indigo Delicatessen, que es como el Indigo pero "más económico y con comida europea". Cenamos como reyes en un local precioso, todo de madera maciza y lámparas de cobre, con techos altísimos: una especie de pizza de ajo, sufflé de queso y almendras, lasaña de carne de ternera, berenjena y tomate, cerveza india Kingfisher (que está buenisima) y de postre, pura lujuria: tarta de queso para Mateo y para mí una especie de pastel de crema con helado casero de vainilla absolutamente espectacular. La cena nos costó unas 2500 rupias (unos 30 euros). Ese día habíamos comido por 60 rupias los dos en un puesto callejero.

Ahora os escribo de nuevo desde el Starbucks café, donde hemos venido a refugiarnos de las horas de más calor, a bebernos unos ricos tés verdes helados gigantes y a disfrutar de su estupendo wi-fi!. Espero que todo siga bien por allí. Muchos besos para todos!

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