Ayer fuimos de excursión a La Vieja Goa, una antigua colonia portuguesa que, según cuenta la guía, tuvo una época de esplendor entre los siglos XVI y XVIII, llegando a tener más habitantes que Lisboa o Londres, "la Roma del éste" la llamaban. De aquellas glorias no queda más que un magnífico conjunto monumental de iglesias, catedrales y conventos, construido en piedra roja y rodeado de cuidados jardines, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco a mediados del s. XX. Allí reposan los restos de San Francisco Javier, que se vino en el siglo XVI a evangelizar estos territorios, de la mano de la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola. Sorprende ver esas cosas aquí, tan cercanas para nosotros, en medio de una exuberante selva tropical, llena de cocoteros (y mosquitos!). Pero sorprende más aún ver a los hindús rezar ante esas imágenes y combinar su iconografía religiosa con la nuestra, rodeando de flores naranjas y amarillas nuestras imágenes (al lado de las suyas, nuestras representaciones de santos son un aburrimiento).
El poder de Brahma empezó a manifestarse desde el primer momento en que me hice con una imagen de él. Había estado leyendo nociones básicas de hinduismo para principiantes en ese blog del que os hablé antes, historiasdelaindia.com, y tenía ganas de completar mi altar. Ya teníamos en casa a Shiba (un regalo de David Jiménez) pero ahora que ya sé que este dios es dual y representa tanto las fuerzas creadoras como las destructoras, me apetecía tener para nuestra nueva casa alguna figura que representara las fuerzas más positivas, tanto masculinas como femeninas. Por eso busqué a Brahma, el padre de todos los miles de dioses que hay en el hinduismo (y no el más adorado por eso, por ser de carácter general, aquí los prefieren más específicos: que si para el amor, que si para la fortuna...) y lo completé con Parnati, la mujer de Shiva, la energía femenina del cosmos. Las compré en Panjim por 1000 rupias (me pedían 1800, seguro que en realidad costaban 300 pero yo salí feliz de mi regateo, qué gran entrenamiento Marruecos!) y nada más salir de la tienda nos dirigimos a coger un rickshaw que nos llevara a Old Goa. Pues bien, nada más subir al taxi empezó a diluviar a mares y nada más llegar a Goa paró. Y eso sucedió varias veces: entrábamos a tomarnos un té y se ponía a diluviar, terminábamos el té y paraba. Ya estamos protegidos para lo que queda de viaje!







hola pareja ,ya veo que todo va bien , por aqui tambien , la gata despues de verla rebañar los platos de los perros le di carne de lata y empezo otra vez a comer y pedir cada dos horas ,se vuelve a subir por la silla a la ventana y por no oirla le doy cada vez que pide y me limpia el plato cada vez,el lomo se vuelve a cabrear con su rabo y el roko como siempre , asi que por aqui tambien cuidamos a los bichos .
ResponderEliminarbesos
voy a probar a ver si te llega ,estoy encantada de vuestro recorrido tengo la impresion de ir con vosotros QUE BIEN LO NARRAS TODO UN ABRAZO MAMA
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