El martes pasado nos levantamos a las 5,30 de la mañana con la firme intención de visitar Muthanga, una parte del "santuario de vida salvaje" de Wayanard, pero el monzón nos lo puso fácil (llovía y llovía sin parar) y preferimos quedarnos en la cama. La otra parte del parque está cerrada durante el monzón. Nos habían dicho que abrían las puertas a las 7 y sólo dejaban pasar un número limitado de jeeps, así que si no madrugábamos (teníamos que coger un autobús para recorrer los 15 kms que nos separaban), nos podíamos quedar en la puerta. Pero como aquí en la India la clave es insistir, volví a preguntar en la recepción del hotel medio dormida aún y me dijeron: no problem, también abren por la tarde, a las 3. Bieeeen! Mucho mejor nos pareció esta opción y decidimos esperar por si paraba de llover. Y paró. Y nos subimos a un bus pintado con elefantes que nos llevó hasta el parque, y allí en la puerta, después de una cola en la que todos se colaban y sin terminar de entender cómo funcionaba el tinglado, conseguimos entradas, pagamos tasas extras por la cámara de fotos (sólo por la de Mateo, la mía iba de regalo, no la consideraron cámara) y nos subimos a un jeep con un guía.
La cosa funcionaba tipo Parque Jurásico: según llegabas a la puerta con tu entrada, te esperaba un jeep, pagabas y te subías, así uno detrás de otro. Familias indias enteras se amontonaban en uno mientras nosotros dos nos subíamos a otro solos como reyes. Nuestro guía resultó ser un profesional y se encaramó en la parte de atrás del jeep, para poder otear bien el horizonte porque aquí, a diferencia del Kruger en Sudáfrica, la vegetación es tupidísima así que la visibilidad queda reducida a unos pocos metros. Empezamos viendo muchos ciervos o algo parecido a Bambi, hembras y machos de impresionantes cuernos. Luego algún mono raro y una ardilla monísima. ¿Y el tigre? preguntaba yo para presionar. ¿Y los elefantes?. Nada, sólo caminos llenos de baches, barro y muchos ciervos. De repente, golpe en el techo del jeep, ¡para, para, paraaaaa! Dos elefantes, madre e hijo, escondidos en la maleza, junto a nosotros, preciosos. Ay lo conseguimos, al menos los vimos. Pero es que más adelante otro golpe en el techo, ¡para, para, paraaaaa! Huella de tigre en el barro!!! Le pregunto nerviosa al guardia: reciente? El barro aún estaba fresco, era posible... pero no, hace cuatro días me dice. Cuatro días??? Yo creo que se equivocaba, estaba fresquísima, pero bueno, quién soy yo para llevarle la contraria a un experimentado guarda.
Seguimos la ruta, ya nerviosos. Estará por aquí el tigre? Como ya habíamos ganado confianza con el guarda, mientras Mateo iba de copiloto con el chófer, conseguí que me dejara subirme encima del jeep como hacía él y cual intrépida fotógrafa, con mi supercámarita en la mano, conseguí un rato después esa foto que publico de tres elefantes (hay que esforzarse en verlos pero están ahí, más cerca de lo que parece porque el objetivo de mi cámara los aleja). En realidad, era un grupo más grande y estaban avanzando por nuestro camino hacia nosotros. El guarda se puso nervioso, se bajó del coche, se acercó y volvió dándole la orden al chófer de que diera la vuelta deprisa, lo cual en medio de la selva no es nada fácil. Qué pasa? Sólo son unos elefantillos indios, mucho más pequeños que los africanos. "Mami embarazada, muy peligrosa". Ok, comprendido, media vuelta y para casa. Ya no vimos más bichos interesantes pero el rato de los elefantes estuvo bien. Luego nos tocó visitar el museo con el guarda, que se empeñó en enseñarnos el tigre disecado que tenían para que nos convenciéramos que sí había felinos en el parque. Pero nosotros hubiéramos preferido verlo vivo, la verdad. Los bichos disecados me dan muchísima pena.
Ver monos es mucho más fácil. En realidad, desde que pusimos el pie en Sultan Bathery no hemos dejado de verlos. Están por todas partes. En la estación de autobuses hay un letrero que dice "cuidado con los monos". Exagerados, pensamos nosotros, mientras comíamos unas tortas de verduras. Pero un instante después vimos con nuestros propios ojos como uno de ellos le quitaba la comida de la mano a un chico que estaba junto a nosotros en el mismo chiringuito. Luego nos fijamos y los vimos por todas partes. Se suben a los autobuses e incluso se meten dentro, a ver qué encuentran. Son unos jetas, pero muy graciosos. Y así han transcurrido estos días, entre monos y elefantes, como en El libro de la selva.








Comentarios
Publicar un comentario