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NO SOMOS DE LA GUERRA DE LAS GALAXIAS

Tozeur > Nefta > Hazoua > El Faouar > Zaafrane

Empezamos el día buscando un cargador para la batería de la cámara de Mateo. Se ha equivocado y se ha traido el de la Canon. Encontramos dos posiblidades: un cargador universal made-in-china, que no funciona, y artilugio casero compuesto de cables+cinta aislante+mi cargador, que tampoco conseguimos hacer funcionar. A las 11 vamos a recoger nuestro coche. Lo hemos alquilado en Avis por 5 días. Ahora empieza el viaje!

Llegamos enseguida a Nefta, la cuna del sufismo en Túnez, según la guía, y tras un paseo corto por la nedina de ladrillos, porque el sol pica mucho y los protectores solares de factor 50 parece que se quedan cortos, comprobamos que hay cientos de morabitos (kubas), unas cúpulas bajo las cuales los musulmanes entierran a sus hombres santos. Me echo un cigarro a la sombra de la solitaria Plaza Zaouia, frente al morabito de Sidi Ibrahim, que me sabe a gloria. A estas horas por aquí sólo pasa gente que ha salido a comprar pan a una tienda cercana que acaba de traerlo recién hecho. Este pueblo también tiene un palmeral impresionante y organizan viajes en calesas, tiradas por esqueléticos caballos. Así que esta atracción turística nos la saltamos.

Comemos regular en un antro de carretera en el que, encima, pretenden cobrarnos 16 dinares por 4 platuchos, cuando anoche cenamos como reyes en uno para guiris por 13, bebida incluida. En fin. Tenemos bronca, Mateo se mosquea y dice que quiere que venga la poli. El tipo recula y dice que nos invita, no debemos nada. Yo pago 10 y nos vamos. Estos idiotas se creen que todos los blancos que pasan por aquí son miembros del equipo de rodaje de la Guerra de las Galaxias. Qué diferenciade gente con la de Tozeur, que han sido todos amables, educados, encantadores y discretos. Ni uno sólo nos ha dado la paliza. Pero en Nefta hasta los niños son desagradables. Recordar: no parar en Nefta ni a comprar agua.

Seguimos la ruta hacia Hezoua, en la frontera con Argelia, y en el camino nos desviamos por una pista que, sorprendentemente, nos lleva a un manantial de aguas termales sulfurosas y a un oasis de palmeras increíble, con la estructura clásica de pequeños huertos flanqueados por cuatro palmeras. Así nos hemos encontrado en medio del puro desierto paseando entre rosales, granados e higueras. Ha sido un momento mágico aunque, como siempre, he pasado un poco de miedo porque no había nadie y sentía que estábamos donde no se podía estar. Fuera del oasis, arena y dromedarios. Hemos visto varios rebaños inmensos, con pequeñines incluidos, que parecen de peluche, mamando de sus madres. Y no sé por qué pero de repente me he acordado del cojín de piel de camello que llevaban mis padres en el asiento de atrás del coche y con el que tantos viajes hice...

Llegamos a la frontera. Nos tomamos un té con menta mientras escribo en un antro fronterizo en el que daban gans de quedarse un día haciendo fotos. El camarero nos cuenta que la frontera está abierta pero hay que tener el visado. Nos vamos con pena pero volveremos. Seguimos conduciendo por la pista que bordea la frontera y cada dos por tres nos paran en un control policial. Nos cruzamos muchos todoterrenos blancos, inmensos, toyotas, matrícula argelina, y con cuatro tipos con pañuelo dentro. A algunos incluso los escolta la policía. A nosotros nos paran para darles paso a ellos, que nos adelantan a mil por hora. Qué raro es todo esto...

Unos km más allá descubrimos lo que sospechábamos: vienen a por el gas de Túnez.

El Sahara nos rodea. Dunas con colores espectaculares y lagos rosas que ahora no tienen agua. Rodeamos uno de los más grandes: Chott el-Jerid. Nos duelen los ojos de tanto mirar.

Llegamos a El-Faouan en busca de un hotel que la guía no pone mal. En realidad es el único hotel del pueblo y se llama igual. Pero nos quieren cobrar 80D por noche (efecto guerra de las galaxias comentado anteriormente) y el sitio no nos gusta nada. Así que seguimos ruta hacia Zaafrane. A la entrada nos encontramos el hotel Zaafrane, claro, y aunque empiuezan pidiéndonos lo mismo que en el anterior, Mateo la saca por 50D y el sitio nos encanta. Da buen rollo ver a los dromedarios pastando alrededor del hotel y las habitaciones son una especie de bungalows diseminados alrededor de una piscina vacía, entre arena y palmeras. Llegamos al atardecer y vivimos un momento mágico.

Cenamos en el mismo hotel porque no tengo ganas de más coche y conseguimos poner a cargar la batería de Mateo gracias al invento de los cables y la cinta aislante.

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